Nos esforzamos en controlarlo todo y a la vez, lo que podría ser una virtud, se convierte en nuestra propia limitación. El fútbol es inabarcable e incontrolable, asumámoslo más pronto que tarde. Trabajar para manejar lo controlable, sí; pretender operar sobre lo incontrolable, no.
Como dice Lillo en la cabecera del post, cuando la pelota se pone en marcha y los jugadores empiezan a “bailar”, todo se vuelve difícil de predecir, ahí son ellos los que mandan y cuanto más preparados estén, mejor se podrán desenvolver.
Por Iván Rivilla
